MUERTE ENTRE LANGOSTINOS
Jesús Nieto Jurado
Caminaba despacio, beodo, las esquinas de la ciudad iban torciéndose hacia el infinito y la cabeza, a cada momento, me daba más vueltas. Así, con el regusto resacoso del vinillo, cada noche volvía a mi casa: un museo de la mugre con vocación de hogar solitario y solterón.
Abría la puerta crujiente, y el gato me miraba indiferente en su feliz felinidad. La humedad se descorría por las paredes, y los posters y las litografías de Picasso y Pollock colgaban suspendidas de una humilde chincheta. Por mi hogar del centro de Málaga tiempo hacía que no pasaba nadie; las visitas, escasas, tenían la corporeidad de una factura telefónica impagada o una citación judicial. Hacía más de dos meses que me habían despedido de la revista y la sombra del paro vigilaba mis pulsos.
Era un detritus humano que paseaba entre los orines de mi barrio. Aspiraba el fresco de la noche desde el balcón de mi estudio y sólo la fragancia almidonada del rancio llenaba mis pulmones. Marta ya no llamaba, se había llevado su divinidad rubia de nuestro piso y todo tenía ya pinta de fin prematuro. Una rala claridad alopécica se apoderaba de mi cráneo, antes hermoso, la tripa me crecía imparable y deforme, y la barba espesa me clareaba canas anticipando el sol decrépito del fin de los treinta.
Me había abandonado Marta. Se había ido con un fotógrafo argentino que la sedujo el día que presentamos mi poemario. Los vi, entre canapés, coqueteando en la amplitud blanca del Ateneo. Yo firmaba libritos de versos, y ellos, edulcorados, componían un cortejo que me espantaba. Allí estaban los dos, dialogando sobre poesía y destinos exóticos; ella con su traje de noche ceñido, bien escotado, y él, porteño y cabrón, sosteniendo la cámara como en una evocación netamente fálica que la sumía, ¡tan bella!, en un rumor de voces e hielos. Para torturarme, el destino alargó el cóctel posterior a la presentación de mi poemario -pudiera ser que póstumo-, y entre las cabezas de los amigos oteé que seguían riéndose, ajenos a mí, en la distancia de espacio y tiempo que precede al sexo prohibido y furtivo.
Se reía Marta. El champán regaba cada célula de su cuerpo y ya veía incluso al fotógrafo argentino como un galán de culebrón que la llevaba, en volandas y desnuda, hacia un lecho tropical. Los dos, iluminados por esa felicidad maldita que sólo ven los triunfadores, mantenían una divertida charla que poco a poco iba pasando a los toqueteos nerviosos.
Puede ser que la charla en el cóctel se alargara demasiado, y que uno, comprensiblemente enojado, bebiera más de la cuenta. No lo recuerdo. Sin embargo, cuando pienso en esa noche me veo en tercera persona, reventándole la Canon al maldito fotógrafo y con una botella en la mano contemplando, moderadamente feliz, cómo lloraba por su cámara mientras un hilillo de sangre recorría su rostro aniñado.
Marta, con la superioridad moral de las putas infieles, me llevó a casa en su coche mientras me juzgaba con los peores adjetivos que el castellano tiene. Dijo que me abandonaría, que el espectáculo que había formado era vergonzoso y que no la volvería a ver. Yo me reía y palpaba su escote mientras el coche se acercaba en el corto paseo al portal de mi casa.
Se despidió de mí y quise besarla; saborear por vez última el dulzón perfumado de sus labios. Como en un acto reflejo, abofeteó mi rostro y no pude hacer más que manosear, por última vez, eso sí, un trasero prieto que desaparecía en la nebulosa del deseo y la historia.
Quede constancia que aquella noche, despejado los efluvios del mal champán de la "party", paseé sin tiempo por las calles del centro. Hacía frío en aquel jueves de diciembre. La humedad calaba hasta el tuétano de un cornudo, y la ciudad presentaba un aspecto londinense. El vaho diluía el horizonte en niebla y, de repente, como en una plaga bíblica, comenzó a nevar. Los copos, extraños, caían con una virulencia atroz, tan atroz que, en cuestión de minutos, blanquearon la extensión de calle Larios. La tormenta no cesaba, la nieve se acumulaba en los tejados y mi gato, seguramente, estaría asomado al cristal del ventanuco, riéndose, el muy condenado, por creer que esa noche me congelaría.
Algunas palmeras se tronchaban por el peso de la paz helada de la nevisca, y los mendigos, borrachos, danzaban entre bidones que ardían de gasolina y miseria. Málaga, bajo la nieve, tenía un aspecto amenazador y bello. Las putas corrían despavoridas, se reían y tomaban los visones como reductos de una calidez que aquella noche desaparecería.
Hundía los pies en el firme esponjoso y no podía apartar de mi memoria los fogonazos de Marta y el fotógrafo retozando; algunas buhardillas de la judería estaba encendidas y yo veía al maldito fotógrafo fumando un petardo bien cargado y retratándola, desnuda y a cuatro patas. Lo pensaba y una urticaria acalorada me recorría el cuerpo: ella, tan rematadamente rubia, y pija, y tonta ; y él con su perilla recortada y ese acento que las seducía por lo que de hijoputesco tiene el bonaerense de clase media y con pretensiones intelectuales.
Qué dos malditos, pensaba, y un soplo helado refrescaba mi entrepierna encelada. No paraba de nevar y algunos bares del centro seguían abiertos. Era la madrugada más absurda que había vivido hasta entonces. Me había abandonado Marta, mi libro cuasi póstumo había visto la luz entre la mísera caridad de mis amigos y yo seguía extrañamente feliz, paseando por una Málaga en blanco que quizá me reconfortase. La niebla se hacía densa por momentos y la ciudadanía celebraba aquella purificación meteorológica.
Qué andaría haciendo ahora Marta. Por qué perdidos pisos arrastraría su amor inconfesable con el fotógrafo. Todo en mí era una dulce interrogación que me retumbaba mientras caminaba.
Volví a la cochambre de mi casa, abrí con esfuerzo la cerradura y me tumbé en la cama. El gato, cabrón, se había acostado entre las sábanas y, cuando quise taparme, me arañó y salió disparado hacia el ventanuco por el que no dejaba de procesionar el invierno. Cerré los ojos, me bajé los pantalones y dormí desnudo, esperando que ella llegara y me arreglara los bajos instintos de un instinto bajo. Aquella noche no volvería, ni ninguna otra. La belleza rubia que dormía a mi lado huyó esa noche de frío; yo me contentaba con sobrevivir en aquella putada que acababa de marcar el calendario. Se avecinaban días de vino y espinas, de una sábana gélida y la charla difícil con aquel gato que, me gustase o no, iba a convertirse en mi compañero de viajes.
La mañana siguiente todo fue un invierno con sudores de multitud; la calle estaba plagada de una nieve sucia y dura, de tullidos y vagabundos disfrutando de la estampa de cuento centroeuropeo. Una nube extensa, que lo abarcaba todo, con color de panza de burra entraba por el ventanuco, y un frío de posguerra y sabañón llenaba los cafés. Al levantarme de aquella primera noche de penitencia, de compartir sábanas con un gato roñoso y esquivo sexualmente en la humedad del sueño, tomé de un trago el anís que quedaba en mi despensa, poblada ya de ratones ociosos que jugaban a las cartas.
Me juré no llorar por mucho que se me apareciera Marta en la indecisa teatralidad del sueño; jamás agacharía la cabeza por aquella niña pija que siempre me miró por encima del hombro. Señores, era hermosa.
Marta, tan rubia, era un perfume de divinidad. Se cubría con un caro ropaje y emanaba un perfume inalcanzable como de frutas y licor. Perdí la cabeza por ella y ahora ella retozaba con el argentino. Los fotógrafos eran así: desde que trabajaba de periodista los reconocía a la primera: eran una rara mezcla de pintores renacentistas que siempre intentaron ponerse por encima del periodista. Con algunos coincidía por la madrugada, en algún bar aburguesado y sesentón, y los contemplaba cortejar a las viejas millonarias recauchutadas que hacían de la tercera edad un festival de libido nocturna. Muchas veces, las mismas veteranas me llamaban entre sus labios operados y me pedían fuego con una anatomía de tebeo. Huía. Olvidaba que la soledad, incluso, perturba a quienes poseen la fortuna de la fortuna.
Ahora Marta gemiría de placer mientras el fotógrafo la besaba con su barba de tres días. La imagino con su braguita negra y su sujetador, en la cama, mientras el fotógrafo sube la música del tocadiscos y ella danza sin compás alguna canción francesa que desconoce.
Marta fue siempre, ahora que lo pienso, un pelín inculta. La llevaba por los museos y se aburría, me palpaba la entrepierna y hacía que huyéramos hacia los descampados. Sí, pudiera ser que hubiese perdido el tiempo con ella. Una vez me borró del ordenador un libro de poemas porque se le metió en la cabeza abrir el messenger. En fin. Así era ella, y así se la iba a llevar, enterita, el fotógrafo de los cojones.
Volví a salir de mi casa, con un café nefasto en el cuerpo, y le di un puntapié al gato. Era un gato sarcástico, cabroncete, irónico; un gato, en suma, muy gato. Uno espera que las mascotas lo arropen en su ternura y no que lo hundan con sus miradas, sus risitas escondidas y su dependencia de la nevera. Muchas veces el gato, al que consecuentemente no puse nombre, abría el refrigerador y arrasaba con su interior. Aquello era una penitencia con pelos que maullaba por deporte.
La pureza nívea había sucumbido ya a los meados en la judería, y una decena de fotógrafos, tan o más malditos que el argentino, paseaban la ciudad con sus cámaras y su resentimiento hacia todo; estarían llenando sin duda las naderías de sus periódicos provincianos con su instantáneas de un populacho desempleado, entretenido ahora en lanzarse bolas de nieve a cinco bajo cero.
Deambulando Málaga, calle Larios tenía un fondo de Rusia zarista. Los más graciosos desfilaban por la avenida con los esquís, y las gitanas, con cinco mantas encima, vendían romero, maldiciendo un presagio blanco de catástrofe. Ya no había putas apoyadas en las puertas de los comercios cerrados. El alcalde paseaba con concejales incrédulos, como atribuyéndose el mérito de la nevada. Las puestos de castañas refulgían entre la heladora mañana y los escolares rompían cristales con bolas de nieve. Parecía que la inclemencia meteorológica hubiese sacado lo peor de una ciudad portuaria y canalla.
Volvía a nevar y busqué la familiar cercanía de una cafetería. La primera que encontré tenía un humo galdosiano donde los poetas de la ciudad cantaban sus glorias entre la leche fría de sus tazas. Comentaban el periódico del día, congratulándose de sus articulitos impagados y la congelación cristalizaba su deseo y sus genitales. Los versos les resonaban como un epitafio y yo tomaba unos churros famélicos, pensando en Marta, y en el fotógrafo, y en el gato. Era raro, pero no podía apartar al felino de mi cabeza. Tenía, por qué no decirlo, una obsesión mística por mi gatuno compañero de piso.
Me acabé los churros con chocolate y un sol tímido se filtraba entre las nubes pesadas. Caían flechas de hielo de las cornisas. La sirena de algún barco se escapaba del puerto y los carteristas hacían su trabajo. Ciudad del Paraíso llamaban a esta ciudad invernal. Ciudad de los Infiernos, habría que decir, mientras las hordas de locos procesionaban por Calle Nueva y los rusos, creyéndose en la madre patria, miraban con sus penetrantes ojos azules como si buscasen su ración diaria de kalashnikovs.
Esta ciudad se había trasmutado en un villorrio norteño. Los copos, extraños en esta latitud, se coaligaban con los tarados, que deambulaban entre el bulevar y los palmerales. Paseé por aquel día y por aquella tarde pronta y sobrevenida. El campanario de la Catedral repicó su malagueña y las plazas antiguas iban quedándose más solitarias. El termómetro marcaba algunos grados bajo cero y ya ni los niñatos jugaban con una porquería embarrada y helada que llamaban nieve. El suelo, antes esponjoso, ahora crujía, y el pavimento gélido despedía un olor a pescadería sucia. Salía la luna con cerco mientras otra nevada serenaba meteorológicamente la ciudad.
Anochecía. A aquella hora el reloj de la encimera daba las seis, y Marta seguramente pasearía con el argentino; mi gato, aburrido y exquisito, acaso se estaría masturbando con mis revistas amarilleadas. La oscuridad nos pillaba los dedos y la otra ciudad, la de los cantaores y la del Mocito Feliz, despertaba en las puertas de la navidad.
Arramblé las tabernas del puerto y sus calles en busca de alguna mujer que se pareciera a Marta. Me miraban con un rostro picado, se levantaban la minifalda y ofrecían una vagina domeñable e indiferente. No era consciente de nada; desde que Marta se había ido con el fotógrafo, desde que mi amor se fugó con un acento más suave, mi vida se había trasformado en un corcel ingobernable sobre el que cabalgaba yo babeando bilis y vino peleón.
Acaso pensé en escribir algo. La ausencia de Marta me había secado la inspiración y la noche se me echó encima. Tenía la entrada del piso llena de whisky y empezaba a ver con dificultad. Cuando retomé el control sobre mi anatomía, me miré en el espejo y una profunda cicatriz me atravesaba la cara. El gatito, en mi borrachera, se había abalanzado sobre mí y había dejado marcado en mi maltrecho rostro la huella de la afección animal. Abrí el ventanuco y lo arrojé al vacío, sin ningún temor: vivir en un quinto antiguo tenía la posibilidad de que un minino no sobreviviese a la caída.
Los ojos empezaron a ver borroso el ordenador, y el tocadiscos arcaico había dejado de reproducir los corridos de la Revolución Mexicana y algunos tangos de Discépolo que yo mantenía en vinilo. Era ya noche cerrada. Se cumplía un día sin Marta, sin su esférica perfección en el busto y los cuartos traseros; veinticuatro horas sin besar sus labios de rica intolerante. Ahora había huido con un sudaca. Seducida por la milonga de Corrientes, ahora estaría excitada con el roce de una entonación pícara y una barba de dos días. Ella se conformó con tan poco... y yo la amé.
Quise dejar de pensar en Marta, mientras el gato, no sé cómo, había vuelto a mi dormitorio y se empeñaba en mantenerme fijamente la mirada, como cobrándose una venganza.
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Igual que en la canción, por la esquina del viejo barrio me vieron pasar. Enfundado en una orgía de lanas retorné, como el cornudo que era, al vecindario que me exilió a la decadencia del centro de la ciudad. Todo seguía igual: la larga carretera a Barcelona, los meapilas en la parroquia y mis hermanos, los borrachos, en la taberna. Anochecía y Pepe Luis espantaba la tragedia del frío con la cervezas que Nazario vendía en su quiosco, tímidamente modernista y verde. Ambos me reconfortaban. Pepe Luis era un vagabundo con ínfulas de señorito, vivía en un cine abandonado entre ratas y cartelones desvencijados de las películas de Franco. Pepe Luis madrugaba y bebía hasta que se ponía el sol. Se acercaba al quiosco de Nazario y allí aspiraba a la felicidad con un rosario de latas de cervezas.
Tenía un aire a un galán de los cincuenta que hubiese venido a menos por la tisis. El hambre había dejado un rostro bello, de ojos azules, en un cuerpo encogido y diezmado. A Pepe Luis lo abandonaron en un descampado de Getafe y vino a vivir en el manicomio San Julián, entre esquizofrénicos y karatecas danzarines.
Pepe Luis no soportaba aquel encierro de anormales y se instaló, tras vagar primaveras al raso, en el cine abandonado que da a la carretera general que se pierde hacia Almería. Dormía sobre unos colchones que encontró en la basura y, pese a su ruina, rezaba cada noche al Cristo milagrero de la Trinidad y besaba una fotografía "kitsch" de los Príncipes de Asturias que tenía colocada a modo de altar en su mesilla de noche.
Pepe Luis era un señorito al que le faltaba vivir enfundado en una bata de seda que hubiese encontrado en la basura. Nunca perdonaba un vermú, ni unas porras con chocolate y anís en la mañana. El barrio le sufragaba una mendicidad de cuento, entre la caridad y un secreto anhelo por colgarlo del palo mayor.
Seguí paseando por el barrio. Algunos coches patinaban por el firme helado y los niñatos se apuñalaban por deporte. Regueros de sangre mojaban la solería fría y los cadáveres quedaban arramblados en los bordillos.
Llegué en el largo paseo al Pimpi Florida, que es una barra de bar y cincuenta años de historia que conviven en una marisquería excelente, con un tamaño de juguete. La regenta Jesús, con un bigote digno y anacrónico, desde el que cada madrugada reparte carabineros en una algarabía cercana a la felicidad. El local lo decora un abigarrado mosaico de fotografías de folclóricas que sonríen, pese al paso del tiempo, en el recuadro limitado del marco. Un espejo al fondo del local crea la ilusión vital de la amplitud y la gente, mis coetáneos, pasan divertidos las noches. Me gusta el Florida: encontrarle divertimento al marisco no es fácil, y Jesús parecer haber hallado en la compañía de los crustáceos una suerte de teatro de variedades donde las gambas bailan al son de Valderrama, Marchena o la Piquer. A veces suena canción francesa, Edith Piaf,; otras Chavela Vargas, y entonces hay quien llora desconsolado mientras las parejas, con una botella de vino blanco, celebran esa inocentada que es el amor hormonal de la juventud. Pero aquella noche de la cola de la entrada, habitual como en una discoteca del Soho, no había noticia. Me descargué del abrigo y comencé a beber vino blanco. Una copa tras otras.
Pensé en matar. In vino veritas, me dije, cuando la lengua me sofocaba con la acidez de mis jugos regurgitados.
Pero entonces todo era un soplo de locura, una idea remota que tomaría cuerpo aquella velada de copla y ópera. Puccini, creo, sonaba en los altavoces de la marisquería.
Quería matar al porteño. Como en un final de Tarantino. Disparando a quemarropa y en público.
Si el vino aquella noche hubiese decrecido, o si la nevada hubiese cesado, con probabilidad no vestiría hoy un traje a rayas modelo cárcel de Alhaurín. Pero el Destino se aligó con la perra mala suerte y la muerte entró por la puerta chirriante y acristalada del Pimpi Florida.
Pienso ahora que la primera vez que se mata a un hombre sabe mejor que el primer polvo. Tiene todo una aura a novela negra, y mi miseria se trasmuta en heroicidad. Ni el remordimiento me corroe, ni el desasosiego campa por mis jardines interiores. Matar a un hijo de puta es todo paz y erección: es un paraíso precarcelario donde chirona merece la pena. Nunca fui un asesino; jamás. A veces planeé asesinar a la directora de la revista donde escribía, mas como una inocente quimera impracticable. Pero matar es un placer atávico e indescifrable; es una pulsión primitiva que se libera cuando se oprime un gatillo o cuando la fantasmal superficie de un cuchillo desgarra un estómago en la oscuridad de una noche sin luna.
Matar con venganza iba a convertirse en un placer celestial.
Noche en el Florida. Una luz de madrugada se adueña de la barra alargada y la gente canta villancicos. Se oye el quejido de la puerta y algo me dice que Marta y el argentino han venido buscando su final.
Jesús les sonríe, les pregunta que si van a tomar cerveza o vinillo, y yo miro al espejo del final de la barra. Tengo la mirada perdida, pero en el reflejo los veo pidiendo una botella, otra... Una fuente de patas de cangrejo para dos y su mano rodeando la cintura, bailando en el estrecho espacio.
Supe que aquél era mi momento. Supe que la nobleza se calibra en la hombría para responder a las afrentas. Tenía que aniquilar al argentino, con público. El crimen debería ser notorio para humillarlos.
La música seguía desafiando a la madrugada, y la pareja se reía en la antesala de sus fines. Tomé la decisión; con calma partí la copa contra el frío acero del mostrador y un tintineo de cristales rotos ensangrentó mi mano. No importaba. Las esquirlas de vidrio resquebrajado se habían incrustado en mis dedos, pero el escozor me hacía sentir vivo.
Nadie se ve más residente en la Tierra que cuando va a matar a un hombre. Ahora sí que todo era simple. Con los ojos llenos de ira y felicidad fui hasta el extremo sur del Pimpi Florida, donde alardeaba de su conquista rubia.
Lo maté abrazándolo por detrás. Cuando la copa rota atravesó su yugular me sentí ovacionado por mis entrañas. El argentino se desplomó como un guiñapo sangrante y un reguero grana se mezcló con las cabezas de langostinos y las colillas que poblaban el suelo. Me lo había cargado a sangre fría. Lo maté y sentí que un ser vaporoso e imaginario me felicitaba palmeándome el hombro, como confirmándome un valor desconocido.
Recuerdo que cuando liquidé al argentino sentí un apetito atroz. Quise pedirle a Jesús, el dueño del local, una bandeja de gambas cocidas, con limón y lechuga. Marta lloraba desconsolada, y sujetaba a lo que quedaba de su amante bajo un retrato de Marifé de Triana, como en una improvisada "pietà" de Miguel Ángel. Apenas mi ex novia acertaba a llamarme hijo de puta, tartamudeando por los nervios. Súbitamente Marta entró en ataque; de su preciosa y fina boca se precipitó un espumarajo blanquecino, sus ojos se volvieron y comenzó a golpear el biombo que hace de pared con tanta fuerza que hizo que el retrato de Marifé, firmado, se desplomará sobre su breve cráneo. Allí se quedó. En el sitio. Mi segunda víctima del día. Comprendí que apagarle la mirada a un semejante es una exquisitez inaudita.
Los clientes del bar salieron despavoridos. Jesús apagó la música para solemnizar aquel crimen con regusto añejo a "El Caso".
Qué poco duran los traidores, pensé. Con qué facilidad se van a la ultratumba, al purgatorio, al limbo...
De improviso el gato se me encaramó por la chepa y se instaló en mi cabeza, me lamió una mejilla cariñoso y fijó sus pupilas atigradas en los cadáveres.
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Mi gato y yo estamos en el módulo de aislamiento de una prisión que huele a azahar. La directora de la revista donde colaboraba me ha solicitado un nuevo género periodístico, un crimen relatado por el protagonista. Aquí se lo entrego. Afuera el sol de abril brilla en el secarral del entorno. Soy una leyenda. Cuentan en la marisquería que en los raros días de nieve, un gato con ojos fantasmales se posa en la puerta del Pimpi Florida y se relame provocativo. Dicen que, cuando come las sobras del marisco, acostumbra a mirar con mis ojos.
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Lorena Díaz
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Genial relato. Pensaba que en Malaga no nevaba nunca, ni en los dias raros...
Lorena Díaz hace 944 días